Crónica 1-O

Quiere levantarse, lo está haciendo. Pero repentinamente no ve y choca su cabeza contra el suelo. Huele el olor a goma y al sudor de las botas que le han dado en su mandíbula. Entonces grita varias veces, grita por que está acorralado. Por todas partes le rodean piernas inquietas. No levanta la vista, la tiene humillada. Va sintiendo poco a poco. Tocan sus piernas encogidas los zapatos de otra gente que le rodean por detrás. Se sostiene en el suelo con ambas manos, la cabeza pesada se le cae sobre el pecho, y después, rodando sobre sí mismo se le dobla la nuca. Abre los ojos otra vez. Ve un Mosso largo, muy largo y sobre la cabeza, el cielo. Sopla los mocos que le impiden respirar e instantáneamente un pié le da contra los riñones. Ha sido como un resorte, liberado de improviso. Da un salto y empuja la rueda de brazos que lo retienen. Los radios, los círculos y las elipses, las manos le buscan. Pero se levanta y corre, corre algunos metros, mas un pié se le pone frente a su pié y cae al suelo. Su cara lame un montón de arena mojada, hoy llueve, la arena que ha bajado de las montañas del Tibidabo y que reboza ahora la entrada de su escuela ha venido a quedarse. Y su saliva rosada, pegajosa,  cae en sus manos que frota contra el montón de chaquetas que le esconden. De pronto recoge su mano, y revolviéndose y flexionándose como una serpiente herida, la lanza impetuoso contra la cara de un hombre que lo odia. La lanza una vez y luego otra. Y cuando las manos y brazos de aquellos que esconden sus caras bajo pantallas grandes como televisores se apartan, redobla el esfuerzo y la granizada de golpes es como una cortina que no le deja ver la hermosa amiga que sueña cuando sueña. Sigue envalentonado, y a pesar de todo, intenta avanzar y hablar.

–        Estoy herido!

Estar herido proviene de la guerra. De la guerra de la muerte y de la guerra que ellos hacen. Algo le baña la cara, es su impresión, y luego presiente en todo el cuerpo. Barbotea y grita: Sangre!

Ninguno se decide a darle la mano y huyen como gatos, amigos y enemigos, todos procurando alcanzar las bocacalles, los pequeños desniveles, hurtarse tras un árbol pero sin dejar de grabar con el móvil.

Toma asiento al lado del furgón, se desmiente de su cobardía  y pone el pié tras su sombra. Golpea el zapato para que corran las gotas de sudor y sangre mientras se abre una ventana sobre su cabeza y oye que grita:

–        Todavía más?

 

Saluda a su compañero que herido parece quiera levantar el puño. Mira si ve alguna insignia, y si, es un policia. Mete las manos en el bolsillo exterior del jersey, del que sobresalen unos papeles. Los tienta varias veces, está contento, tienes las papeletas. Se miran, les duele el dia y les duelen los gritos de la gente. Hay un silencio total. Por entre sus labios asoman sus lenguas y se alargan o tiemblan como una especie rara de gusano, y allí mismo, con movimientos ansiosos se doblan, los labios repitiéndose y los dientes que se aprisionan, todo el cuerpo en movimiento. Y cuando les sujetan, es que tienen los ojos obligados, sucede igual que a los otros, sentados en el suelo les escupen. No entienden que puedan quererse un manifestante y el número 67 , policia de Alcorcón en servicio con destino en Barcelona. Hacen unas muecas y los dejan. Entonces, encaramados en lo alto del único árbol de la zona, a horcajadas montados sobre una rama, cogen uno el cinturón del otro y una rama, verde amarilla, y por un extremo y luego por el otro, se la comen hasta que sus mejillas se hunden, y expelen aire. Y solo oyen nada.

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