La gran batalla

onna

El apasionado hombre, lo aparenta mucho más desde que las lunas -mágica medida-, prestan significado al tiempo e involucran su llegada con un extraño rito que compugna¹ su corazón y también el de su amada cuando, una tras otra sucesivamente, horada el ónix del cielo y pinta, en la lunación, canas blancuzcas a su exuberante todavía cabellera que enmarca tan áulica frente. Un repente se apodera de su figura aún masculina en esos tiempos tan difíciles de géneros,  y a su pesar, cuantos esfuerzos aúna para mantenerla erguida resultan ineficaces y estériles al rozar en el recuerdo con sus ondas de cabellera de olor marítimo que se acerca en ensueños y delicias de noches muy incómodas para su tiempo de reposo que se cierra justo a la salida del sol sin atisbo de amarla.  Además, el frufrú de los años que no cuentan en vano le vienen adulando, sigilosamente, sin darse apenas cuenta; y se va empequeñeciendo y achaparrando su figura a medida que la pálida diosa crece en luz y hermosura, otro sí que da dimensión, fe y pasmo a los sucesos de su ciudad, en la metamorfosis cenital desentrañando las tinieblas de la noche, noches silentes y vacuas, que su amante teme y venera con ancestral contrasentido cuando le cuenta sus pesares mediante un viejo Iphone que aún mantiene guardado con las pocas palabras de calor que no de amor  le prometió mirándole con  ojos rociados de estrellas de trato convulso que le dan las lágrimas de los dioses.

Sigue.

¹ del portugués,  (luchar con otros)

 

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