La gran batalla 2

 

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El apasionado hombre, lo aparenta mucho más desde que las lunas -mágica medida-, prestan significado al tiempo e involucran su llegada con un extraño rito que compugna¹ su corazón y también el de su amada cuando, una tras otra sucesivamente, horada el ónix del cielo y pinta, en la lunación, canas blancuzcas a su exuberante todavía cabellera que enmarca tan áulica frente. Un repente se apodera de su figura aún masculina en esos tiempos tan difíciles de géneros,  y a su pesar, cuantos esfuerzos aúna para mantenerla erguida resultan ineficaces y estériles al rozar en el recuerdo con sus ondas de cabellera de olor marítimo que se acerca en ensueños y delicias de noches muy incómodas para su tiempo de reposo que se cierra justo a la salida del sol sin atisbo de amarla.  Además, el frufrú de los años que no cuentan en vano le vienen adulando, sigilosamente, sin darse apenas cuenta; y se va empequeñeciendo y achaparrando su figura a medida que la pálida diosa crece en luz y hermosura, otro sí que da dimensión, fe y pasmo a los sucesos de su ciudad, en la metamorfosis cenital desentrañando las tinieblas de la noche, noches silentes y vacuas, que su amante teme y venera con ancestral contrasentido cuando le cuenta sus pesares mediante un viejo Iphone que aún mantiene guardado con las pocas palabras de calor que no de amor  le prometió mirándole con  ojos rociados de estrellas de trato convulso que le dan las lágrimas de los dioses.

Muchísimo más ahora que la veo albergue y morada de la luna y la presiento en la misma raíz, cauta y peligrosa, traslado mi temor y de él la visto: a la luna magnificente, una vez que, alcanzada su plenitud muestra su rostro cara de púber y de un salto me deja sumido en la penumbra triste de una noche sin sombras, y huye y deja desamparados los deseos renacidos aún más vigorosos que los sacrificios aportados a mi loor sobreabundante y generoso.  Pero no por esto ahora la temo sino por el hecho simple, sólito que, desde que  sueño y duermo con pensamientos injuriosos, nacidos el mismo día que hallé vacío el lugar donde pernoctaba acompañando los estertores de la luna nueva, los altos árboles sin nombre que rodean y sumen en la oscuridad la plaza Sant Pere…

Cada luna que pasa uno ve en estas calles del barrio mestizas y  lujosas a forzudos esclavos armados de hachas de sílex, pendientes y tatuajes, ungidos del orden media, que carcomen sus cuerpos, y abatidos ya maderos por los suelos abandonan colillas que no libros, bolsas que no besos. De suerte veo que instantáneamente penetra en sus dominios un rayo de luz y un aire fresco y vivificador que limpia la plaza, vivero de tristezas abandonadas como hojas secas ahora que dejaron de bailar las musas que me inspiran, y con el que ensancho mi pecho hasta el límite que restringe la piel que viste mi cuerpo; mientras mis pupilas semiahogadas por unas lágrimas contenidas, prenden de la luz que emana de sus palabras en los dominios de la pantalla del pc.

Pero mientras, encuentro cierto sosiego derribando la cerca natural que aparta de mi vista el vecino; mujeres y hombres limitados obran las órdenes recibidas, las esposas e hijas se ofrecen como víctimas propiciatorias a los dioses del lugar, marcas internacionales que las comen intentando más ganarse blancuras de nada que bondades y días de consumo para sus cuerpos que sonrisas para sus corazones.

Inútilmente, no obstante y de mal en peor, no me bastan ya los mensajes airados que trastocando el talante natural me envía del más allá, morada de los destinos de la mujer, ni los sacrificios a escondidas con que la guerrera pide dispensa y logra, a lomos de caballo huido al país vecino, arrastrada por los efectos del mar que no me ahoge, será más tarde el encuentro y podrá contarse sin palabras, con sed.

 

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